No tengo noches, no tengo días. No tengo lunas y mucho menos soles. No estoy muerta, pero tampoco con vida.
Estoy guardada en algún cajón, MI cajón. Mi estúpido cajón. Atada por la oscuridad que me rodea, adolorida y congelada por la frialdad que gobierna a la soledad. Abandonada en mis pensamientos, pienso en nada. Me tienen encerrada, preocupados del daño que salga de mi boca, asustados del dolor de mis ojos y sin querer oír lo que mis oídos han escuchado. Sigo en mi cajón. Sólo por unos pequeños orificios, causados por el desgaste de cada segundo que muere, entra el aire necesario para el respirar de uno, y eso me confirma nuevamente mi aislamiento. El tiempo corre. No lo veo correr. Sigo igual, no envejezco o tal vez sí. No se nota. Mi mente sigue igual pero mi cuerpo se debilita. Tan sucia y frágil como mi mente y carácter me mantengo quieta. Tengo miedo de romperme. Tengo el alma quebrada y la vista nublada. De no ser por ese pequeño rayito de sol que ilumina el tonto cajón, y del que saco fuerzas, creería que estoy ciega o tal vez muerta. Muerta no estoy, lo se por el frío, el dolor y la falta de paz en mi espíritu corrompido. Cómo una princesa en su torre esperando al caballero que la rescate del malvado dragón, soy una tonta encerrada en mi estúpido cajón esperando que algún señor me rescate de la desgarradora soledad que me acobija cada noche, esperando a aquel que me devuelva mis lunas y mis soles, a aquel que me de sus días y sus noches, a aquel que me devuelva la vida o tenga el valor de arrancármela, sigo esperándolo. Esperé demasiado, y creo poder seguir haciéndolo. Siempre esperando en mi estúpido cajón.
No se que pasa con la letra... perdón.
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