Luego de ser abofeteada por miles de rechazos, sólo quisiera sumergirme en la bóveda del hedor eterno. Inhalando la hediondez del fracaso hasta tal punto que mis pulmones se marchiten por la desdicha de la derrota. Mi cuerpo abatido se deja caer en el lecho que la soledad me tiene preparado para las dos. Ella y yo. La soledad es mi más fiel compañera, ha hecho un pacto de sangre en el que confirma nunca abandonarme, siendo así, siempre leal a nuestra unión. Siendo yo una pobre fracasada, o no, a ella no le importa, para toda la eternidad será sincera al aislamiento que le ha provocado a mi alma, acompañándola por el resto de su existencia. Siempre será devota a mi desamparado espíritu, haciéndolo sentir aislado y fríamente acompañado.
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