
Mi cuerpo es el Nuevo Mundo y tus labios los conquistadores. Mis ropas son las fronteras y tus manos los invasores. Tierras vírgenes que no han sido acariciadas por el deseo de ningún colonizador, Tierras vírgenes que su libertad no ha podido ser domada. Terrenos cuya pureza es aún infinita, Terrenos sin cercar, sin dueño alguno que siembre su pasión. Un país de nadie, el cual pronto estará regido por el amor de algún bien recibido usurpador. Un terreno que dejará de estar desolado ipso facto a tu llegada, sus helados y marchitos prados metamorfosearan en bellísimas, florecidas y cálidas praderas, gracias a tu arribo y haciéndome querer que tu estadía en este nuevo país sea eterna, brindándote todo lo que al alcance de mi reinado esté. Ofreciéndote un banquete en el cuál se sirvan las exquisiteces más deliciosas cosechadas en mis vergeles y sembrados, donde te regocijes de placer al probar los frutos de mi cuerpo reiteradas e infinitas veces, pudiendo así, hacerte feliz.
A ti, la clave para dominar completamente el imperio de mi cuerpo y alma fusionados, se te ha sido entregada al momento que en tus ojos me sumergí.
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